
Quiero sentarme a hablar con vos una tarde entera, un poco del pasado, todo del futuro y crear en nuestro presente cosas maravillosas.
Tengo una aureola blanca, luminosa, ¡alucinante!; tan grande hasta no imaginar mas. Que me envuelve siempre con sus manos olorosas de fresa y sal.
Tengo también una aureola negra que e ilumina desde el centro, que ronda sobre mi eje, que me enceguece y nubla mis ojos de tristeza, esfumando la vitalidad de mis días.
Llueve y no paro de llover. Todo tiene forma de huevo.
La brisa de otoño que viene se transformó en cachetada.
Cabeceando salió mi mar a refrescarse en la orilla de tus mejillas.
Tus lágrimas mojaron un poco mi vestido arrugado celeste cielo. Pero creo que hizo bien mi presencia.
Ya no llueve y no paro de reír, y cuando eso sucede mi aureola negra se ve un poco gris, escaseando de a poco y con el tiempo las huellas de mis zapatos.
No me abandonará jamás esta aureola negra que en mi espejo se mira conmigo para secar lágrimas.
No quiero que eso pase, no quiero que se vaya y no saber qué hacer con la otra; la aureola blanca, luminosa, ¡alucinante!.
Qué triste sería ver solo claridad.
¿Qué sería de mi vejez, de mis sentidos, de mis domingos, de mis miedos y dudas si no existiera la aureola negra?.
Por eso te quiero a mi lado. Para contrarrestar la pesadez que aclama y el amor que le dé la apacigüe y se disparen como tiros rebotando sobre su ser, directo a mi corazón.
Tengo una aureola blanca, luminosa, ¡alucinante!; tan grande hasta no imaginar mas. Que me envuelve siempre con sus manos olorosas de fresa y sal.
Tengo también una aureola negra que e ilumina desde el centro, que ronda sobre mi eje, que me enceguece y nubla mis ojos de tristeza, esfumando la vitalidad de mis días.
Llueve y no paro de llover. Todo tiene forma de huevo.
La brisa de otoño que viene se transformó en cachetada.
Cabeceando salió mi mar a refrescarse en la orilla de tus mejillas.
Tus lágrimas mojaron un poco mi vestido arrugado celeste cielo. Pero creo que hizo bien mi presencia.
Ya no llueve y no paro de reír, y cuando eso sucede mi aureola negra se ve un poco gris, escaseando de a poco y con el tiempo las huellas de mis zapatos.
No me abandonará jamás esta aureola negra que en mi espejo se mira conmigo para secar lágrimas.
No quiero que eso pase, no quiero que se vaya y no saber qué hacer con la otra; la aureola blanca, luminosa, ¡alucinante!.
Qué triste sería ver solo claridad.
¿Qué sería de mi vejez, de mis sentidos, de mis domingos, de mis miedos y dudas si no existiera la aureola negra?.
Por eso te quiero a mi lado. Para contrarrestar la pesadez que aclama y el amor que le dé la apacigüe y se disparen como tiros rebotando sobre su ser, directo a mi corazón.

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